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¿Por qué vale la pena dejarlo todo?
Hay una pregunta que toda persona
responde, no con palabras, sino con la manera en que vive:
¿Por qué vale la pena dejarlo todo?
Muchos de nosotros conocemos a personas
que dejaron todo atrás. Cruzaron fronteras, aprendieron otro idioma, aceptaron
trabajos difíciles, se perdieron cumpleaños, guardaron su soledad y soportaron
años de sacrificio.
¿Por qué? ¿Por qué?
Porque creyeron que había algo más
valioso esperando a sus hijos que aquello que estaban dejando atrás.
Nadie hace un sacrificio así, a menos
que haya encontrado un tesoro.
Y eso es precisamente de lo que Jesús
nos habla hoy.
“El Reino de los cielos se parece a un
tesoro escondido en un campo… y también a un comerciante que busca perlas
finas”.
Notemos algo importante.
El hombre no está triste cuando vende
todo lo que tiene.
Está lleno de alegría.
Porque cuando uno descubre algo que no
tiene precio, aquello que entrega ya no parece una pérdida.
El problema no es que seguir a Cristo
cueste demasiado.
El problema es que, a veces, no
comprendemos cuánto vale realmente Cristo.
El rey Salomón sí lo comprendió.
Cuando Dios le ofreció concederle lo que
pidiera, Salomón no pidió dinero.
No pidió poder.
No pidió una larga vida.
Pidió sabiduría.
¿Por qué?
Porque sabía que, si tenía sabiduría,
todo lo demás encontraría su lugar correcto.
Muchas personas pasan la vida pidiéndole
a Dios un mejor trabajo, una casa más grande, documentos legales, mejor salud o
éxito para sus hijos.
Ninguna de estas cosas es mala.
Pero Salomón nos enseña a pedir primero
un corazón que sepa reconocer a Dios.
Porque cuando nuestro corazón le
pertenece a Dios, podemos recibir sus bendiciones sin permitir que esas
bendiciones ocupen el lugar de Dios.
San Pablo nos ofrece también una promesa
muy hermosa:
“Sabemos que todas las cosas contribuyen
para el bien de los que aman a Dios”.
San Pablo no dice que todo lo que sucede
sea bueno.
La enfermedad no es buena.
La división familiar no es buena.
Perder el trabajo no es bueno.
Estar separados de nuestros seres
queridos no es bueno.
Pero Dios es tan poderoso que puede
tomar incluso nuestras lágrimas y entretejerlas dentro de su plan de salvación.
Muchas de nuestras familias han vivido
algo parecido.
Tal vez nunca imaginamos vivir en este
país.
Tal vez llegamos con miedo.
Tal vez la vida ha sido más difícil de
lo que esperábamos.
Sin embargo, muchos podemos mirar hacia
atrás y decir:
“Dios ha estado con nosotros en cada
paso del camino”.
No porque la vida haya sido fácil.
Sino porque Cristo nunca nos ha
abandonado.
Después, Jesús añade otra imagen.
Una red recoge peces de toda clase.
Solamente al final son separados.
Esto nos recuerda algo que muchas veces
olvidamos.
La Iglesia no es un museo para personas
perfectas.
Es una red que recoge pecadores que
están aprendiendo a convertirse en santos.
En cada parroquia hay personas generosas
y personas egoístas.
Hay creyentes fuertes y creyentes que
están luchando con su fe.
Hay personas que acaban de llegar y
otras que llevan aquí varias generaciones.
Todos seguimos siendo formados por la
misericordia de Dios.
Nuestra tarea no es juzgar quién merece
estar dentro de la red.
Nuestra tarea es permanecer en ella.
Por eso, hoy Jesús nos pregunta a cada
uno:
¿Cuál es tu tesoro?
Si alguien observara tu calendario, la
manera en que gastas tu dinero, tus conversaciones, tus preocupaciones y tus
sueños…
¿qué pensaría que es lo más importante
para ti?
Para algunos, puede ser el dinero.
Para otros, el éxito.
Para otros, la comodidad.
Incluso las cosas buenas —nuestra
familia, nuestro trabajo y nuestras tradiciones— pueden ocupar poco a poco el
lugar que solamente le pertenece a Dios.
El Reino de Dios no es un tesoro más
entre muchos otros.
Es el tesoro que da sentido a todos los
demás.
Cuando Cristo ocupa el primer lugar,
amamos mejor a nuestra familia.
Somos más honestos en el trabajo.
Tenemos más paciencia con nuestros
hijos.
Perdonamos más dentro del matrimonio.
Somos más generosos con los pobres.
Y vivimos con mayor paz en los momentos
de incertidumbre.
Eso es lo que sucede cuando Cristo se
convierte en nuestro mayor tesoro.
Hoy, cuando nos acerquemos a recibir la
Eucaristía, estaremos haciendo algo extraordinario.
El hombre del Evangelio encontró un
tesoro escondido en un campo.
Nosotros no tenemos que buscar en un
campo.
El Tesoro viene hacia nosotros.
Escondido bajo la apariencia de un
sencillo pedazo de pan está Jesucristo mismo, el tesoro más grande que el mundo
ha recibido.
Que nunca nos acostumbremos tanto a la
Eucaristía que olvidemos Quién nos espera allí.
Y que salgamos de esta Misa con la misma
alegría del hombre que encontró el tesoro, dispuestos a entregar completamente
nuestro corazón a Cristo.
Porque, una vez que lo descubrimos,
comprendemos que todo lo que entregamos es poco comparado con todo lo que
recibimos.
Amén.
What Is Worth Losing Everything For?
There is a question that every person
answers—not with words, but with the way they live.
What is worth losing everything for?
Many of us know people who left
everything behind. They crossed borders, learned another language, accepted
difficult jobs, missed birthdays, buried their loneliness, and endured years of
sacrifice. Why?
Because they believed there was
something more valuable waiting for their children than what they were leaving
behind.
Nobody makes that kind of sacrifice
unless they have found a treasure.
That is exactly what Jesus is talking
about today.
"The kingdom of heaven is like a
treasure buried in a field... like a merchant searching for fine pearls."
Notice something important.
The man is not sad when he sells
everything.
He is joyful.
Because when you discover something
priceless, what you give up no longer feels like a loss.
The problem is not that following Christ
costs too much.
The problem is that we sometimes do not
realize how valuable Christ truly is.
King Solomon understood this.
When God offered him anything he
desired, Solomon did not ask for money.
He did not ask for power.
He did not ask for a long life.
He asked for wisdom.
Why?
Because he knew that if he had wisdom,
everything else would find its proper place.
Many people spend their lives asking God
for a better job, a larger house, legal documents, better health, success for
their children.
None of these are bad things.
But Solomon teaches us to ask first for
a heart that knows God.
Because when our heart belongs to God,
we can receive blessings without allowing blessings to replace God.
Saint Paul gives us another beautiful
promise:
"We know that all things work for
good for those who love God."
He does not say that everything is good.
Illness is not good.
Family division is not good.
Losing work is not good.
Being separated from loved ones is not
good.
But God is so powerful that He can take
even our tears and weave them into His plan of salvation.
Many of our families have experienced
this.
Perhaps we never imagined living in this
country.
Perhaps we arrived with fear.
Perhaps life has been harder than we
expected.
Yet many of us can look back and say,
"God has been with us every step."
Not because life was easy.
But because Christ never abandoned us.
Then Jesus adds another image.
A fishing net gathers fish of every
kind.
Only at the end are they separated.
This reminds us of something we often
forget.
The Church is not a museum for perfect
people.
It is a net gathering sinners who are
learning to become saints.
Every parish contains generous people
and selfish people.
Strong believers and struggling
believers.
People who have just arrived and people
who have been here for generations.
We are all still being formed by God's
mercy.
Our job is not to judge who belongs in
the net.
Our job is to remain in it.
So today Jesus asks each of us:
What is your treasure?
If someone looked at your calendar, your
spending, your conversations, your worries, and your dreams...
What would they conclude is your
greatest treasure?
For some, it may be money.
For others, success.
For others, comfort.
Even good things—our family, our work,
our traditions—can quietly take the place that belongs only to God.
The Kingdom of God is not one treasure
among many.
It is the treasure that gives meaning to
every other treasure.
When Christ comes first, we love our
families better.
We become more honest at work.
We become more patient with our
children.
More forgiving in marriage.
More generous with the poor.
More peaceful in times of uncertainty.
That is what happens when Christ becomes
our greatest treasure.
Today, when we come forward to receive
the Eucharist, we are doing something extraordinary.
The man in the Gospel found a treasure
hidden in a field.
We do not have to search through a
field.
The Treasure comes to us.
Hidden under the appearance of simple
bread is Jesus Christ Himself—the greatest treasure the world has ever
received.
May we never become so accustomed to the
Eucharist that we forget Who is waiting for us there.
And may we leave this Mass with the joy
of the man who found the treasure, ready to give our hearts completely to
Christ.
Because once we discover Him, we realize
that whatever we surrender is small compared with what we receive.
Amen.